Valeriana
(Valeriana
Officinalis)
Las propiedades terapéuticas de la valeriana no se conocieron
bien hasta el siglo XVI dadas a conocer por Fabio Colonna en su
"Phytobasanos", en 1592. Este sabio, dice Marchant en
las "Mémoires de l'Académie des Sciences"
de París (1706), asegura que la raíz de la valeriana
silvestre, pulverizada, es especifico excelente contra la epilepsia,
y que no sólo vio diversos epilépticos que curaron
con el polvo de aquella raíz sino que él mismo, habiendo
padecido epilepsia, sanó con este remedio. La pluralidad
de propiedades terapéuticas que se atribuyeron a las valerianas
desde los remotos tiempos de Dioscórides, y, sobre todo,
durante el Renacimiento, todavía perduraban en el siglo XVIII.
La
valeriana es una hierba vivaz, que muere en otoño y se renueva
con otros vástagos en primavera. Forma una breve cepa soterrada
de la que arrancan de 8 a 15 raíces divergentes, casi horizontales,
blanquecinas, con algunas barbillas cortas. El tallo de la valeriana
puede crecer hasta 1 m., y es rollizo, con estrías y listeles,
dos de los cuales, opuestos, forman un canto muy agudo. Las hojas
tienen sabor amargo intenso. Las raíces, frescas, tienen,
al pronto, sabor picante, que luego se desvanece, y se vuelve algo
amargo y aromático. Al secarse, despiden el olor típico
a valeriana, que recuerda el del sudor de pies.
Se
cría en los prados y en los bosques aclarados, en las umbrías
y sitios frescos de tierra baja, y en las montañas, por lo
menos hasta 2100 m.
Su
uso y virtudes varían según las dosis; si éstas
son las adecuadas, calma los estados llamados nerviosos o de excitación
nerviosa, sobre todo en la mujer, y mientras dura su actividad uterina.
Tomada con moderación es uno de los mejores sedantes y relajantes
naturales. Tiene un lugar destacado como planta para los tratamientos
antiespasmódicos. Su raíz contiene entre otras sustancias,
el ácido valeriánico y un aceite volátil. La
Valeriana proporciona una sedación del sistema nervioso,
retardo de la circulación y descenso de la presión
arterial.