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A la hora de catar

El momento estelar del disfrute de un buen vino llega en el instante de la cata. Respecto al lugar idóneo donde efectuar una cata de vino, éste deberá estar bien iluminado, poseer una buena ventilación y carecer de ruidos que lo invadan, con el fin de evitar distracciones posibles.

En cuanto a la luz, hacemos incapié en que ésta sea abundante, siendo mejor, por supuesto, la luz natural que la artificial, aunque en este último caso procuraríamos que fuera potente. Las paredes, en lo posible, deben ser blancas o claras, y en la mesa el mantel será asimismo blanco y limpio.

Las copas a que haremos mención más adelante se dispondrán sobre el mantel. La temperatura es otro factor que tendremos en cuenta, recomendándose que ronde los 20º.

El catador es algo que no puede ser dejado de lado. Deberá estar tranquilo, sin preocupaciones y, en lo posible, sin hallarse afectado por dolencias catarrales; en suma, se mostrará equilibrado y dispuesto al análisis sensorial; evitará, asimismo, tomar productos como café, brandy o tabaco, o lavarse los dientes con pasta dental antes de la cata, pues todo esto influirá en el paladar de forma rotunda, tergiversando su reacción.

La mejor hora para la cata es la del mediodía. Se recomienda comer con anterioridad chorizo o jamón suaves, evitándose principalmente quesos, salsas picantes, vinagretas, hierbas aromáticas y especias. Y es que después de comer, las papilas gustativas y la mucosa olfativa se muestran más sensibles, lo que ayuda a la cata. Y una última recomendación al catador: tiene que acostumbrarse a oler las copas vacías antes de empezar las catas, dado que en muchos casos éstas huelen a jabón, o pueden estar sucias.

Cinco sentidos intervienen en la cata, aunque destacaremos los tres fundamentales: La vista reconoce la nitidez y los matices de color. El olfato es tan importante como el gusto (e incluso más). A través de este sentido se captan los aromas. El gusto es fundamental. Este sentido localiza las sensaciones que produce el vino en la boca -únicamente en la lengua- a través de las papilas gustativas que detectan los cuatro sabores elementales: dulce, ácido, salado y amargo.


Sin que exista ninguna normativa estricta que indique cuáles son los vinos exactos que han de acompañar cada plato, sí se pueden enumerar algunos consejos interesantes aplicando los cuales se evite cometer errores que arruinen una excelente comida. (Se pueden tomar varios vinos diferentes a lo largo de la comida en función de cada plato, aunque lo más habitual es utilizar un solo vino por menú. Evidentemente, ello dependerá del gusto de cada consumidor y del poder adquisitivo de su bolsillo.)

Las reglas generales a que hemos hecho referencia bien pueden ser las siguientes:
Sírvanse siempre los vinos blancos antes de los tintos. Siempre se servirá un vino ligero antes de los que tengan cuerpo. También es recomendable servir los vinos fríos antes que los templados. Se han de servir los vinos en sentido creciente a su graduación alcohólica (de menos a más grados).

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 
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